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a oscuridad lo envolvía todo. El camino, largo y abrupto, se vislumbraba cada vez que se abrían las nubes que cubrían el cielo dejando ver un pequeño claro, iluminándolo entonces tenuemente durante unos instantes.
La joven alzó la cabeza y miró más allá de las altas copas de los arboles que creaban un espeso manto —hacia el imponente cielo nocturno—, al escuchar un aleteo sobre su cabeza. Centró la mirada en la luna, blanca y hermosa, en contraste con la férrea negrura que la bordeaba, bellamente salpicada por las pequeñas y brillantes estrellas que adornaban el firmamento. El tiempo amenazaba lluvia, podía olerlo en el fresco ambiente, en la humedad reinante en el entorno. Pronto comenzaría a llover sin clemencia, dando paso a una de esas tormentas que a veces les obsequiaba con su presencia.
«Debo darme prisa —se regañó—, antes de que alguien descubra mi desaparición en Dòrwan.»
Una rama crujió al ser bruscamente pisada y se detuvo en seco, con el corazón desbocado, escuchando atentamente a través del silencio que la rodeaba. Entrecerró los ojos, escudriñando alrededor y al no percibir ninguna otra compañía más que la suya, sacudió la cabeza despejando todo temor infundado. Los nervios le estaban jugando una mala pasada… había hecho ese recorrido innumerables veces, pero nunca para algo como lo que tenía preparado para esa noche, lo que le alteraba los nervios hasta confundirla.
